El habitante de la tierra sin nombre

Relato habitante de la tierra sin nombre

Era martes, 28 de septiembre de 1.925. Había amanecido más temprano que de costumbre. Eran las 6 de la mañana y ya el sol entraba por la ventana. Martin Elías Carvalho, con su mirada profunda, miraba a su alrededor, notaba en el ambiente algo extraño, difícil de descifrar, un silencio profundo que se extendía en el espacio. Estaba inmóvil, petrificado, sentía una rigidez en todo el cuerpo, era indudable que algo pasaba, lo sentía, lo palpaba, pero su cuerpo no le respondía para correr y asomarse hasta la ventana. Sus ojos azules miraban con terror, todo a su alrededor estaba distinto, sacó fuerzas de donde no las tenía

para gritar y que alguien corriera en su auxilio, pero fue en vano, nadie acudía, solo lo seguía envolviendo el mismo silencio que se esparcía en la inmensidad de la nada. ¡Nada! Eso era lo que había, cuando por fin Martín Elías, trató de moverse, y, alzó su mirada para ver a través de la ventana de su cuarto que daba hacia la calle. Su cuerpo no respondía, sus huesos, los sentía pesados y sus pies, no los sentía, era como si no los tuviera, sin embargo, respiró profundo y como pudo; se fue deslizando con dificultad hasta llegar a su ventana. Se apoderó de él un pánico que jamás había sentido, asombrado, no podía creer lo que pasaba, su cuerpo sudaba, se sentía angustiado, temblaba, sentía un escalofrío que se colaba por sus huesos hasta el ultimo centímetro de su piel, no se explicaba que podía estar pasando, sumido en ese mutismo, en esa agonía que sentía al mirar el horizonte y encontrarse de repente, con qué aparentemente lo único que quedaba en el mundo era él, sintió que había enloquecido, se desesperó, pero saco bríos, vigor, para sobreponerse y como pudo, abrió la puerta de su cuarto, para salir a buscar la salida de su casa, pero más se horrorizó, cuando vio que no había sala, detrás de esa puerta de su cuarto solo existía él, y ese pedazo de espacio en el que habitaba. Martín Elías, era un hombre de tez morena y bastante acuerpado, medía más de 1,80 cm de estatura por lo que se la hacía aún más difícil moverse. Llevó sus manos a la cara, sudaba en exceso, sentía como las gotas rodaban por su cuerpo

–– Por Dios ¡que ha pasado! ¿Dónde estoy? ¿donde está mi familia, mis amigos?, mis vecinos, el barrio, las montañas que se divisaban a lo lejos, ese riachuelo de agua fresca que todas las mañanas saciaba mi sed, las flores, el olor a pino fresco de las mañanas. ¡Dios, que ha pasado? ¿Que es todo esto? O mejor dicho ¿donde está todo lo que hasta ayer había? ¿Ayer?, ¿Si sería ayer? ¿Cuanto tiempo habrá pasado?

No quedaba nada, solo un hedor que apenas podía soportar, todo era muy confuso, se sentía aturdido, creía que era una pesadilla o que había enloquecido, su mente estaba obstruida, nublada por completo, tan solo tenía recuerdos vagos, imágenes que le venían de pronto y que se iban tan pronto como llegaban, todo era muy confuso.

Como pudo, salió a explorar el terreno, él no tenía control de dónde lo llevaban sus pies, los arrastraba empujándolos uno a uno, según le daba la poca fuerza que le quedaba, caminaba sin rumbo, desconcertado, desorientado, imbuido en sus pensamientos y en lograr entender lo que pasaba, pasaron muchas horas, tal vez días, se alimentaba de semillas que encontraba en el suelo entre la maleza, caminaba y caminaba, y parecía que no había fin, pues era un terreno inmenso, árido, donde el silencio lo ensordecía, creía que estaba loco o que estaba soñando, por eso, pensaba que el despertaría y las cosas volverían a estar como antes. ¿Pero como era antes? Sus recuerdos poco a poco se esfumaban, se desvanecían como el polvo que se perdía en el horizonte. Divisaba esa lejanía y se llenaba más de pánico, era una situación inconcebible, totalmente inverosímil. Habitaba en un mundo que no sabía dónde quedaba, como se llamaba y no existía nadie que pudiera informarle. De pronto, a lo lejos, divisó una vaca que al igual que él, deambulaba por aquel lugar, lo miraba con unos ojos desorbitados como buscando algo o alguien en quien refugiarse, su piel estaba agrietada y arrugada. A Martin Elías, no le salían las palabras, todavía no se animaba a quejarse en voz alta, estaba impresionado, todo le daba vueltas. Él sabía que estaba allí, pero de repente se dio cuenta que no sabía quién era, de donde venía, como se llamaba, su mente estaba en blanco. Su cuerpo calló suavemente en la tierra humedecida, ya no tenía un solo aliento, estaba absorto, ahora enfrentaba una realidad que no tenía la menor idea cómo resolver. Allí quedó tirado, exhausto.

Cuando despertó no sabía cuánto tiempo había pasado, todo estaba distinto, había más luz, el sol brillaba de nuevo, olía al follaje verde de las hojas, tallos y frutos verdes, se sentía un aroma como a pasto recién cortado, era diferente, ya no apestaba a miedo y amargura. Era una tierra nueva desconocida para él, plantas, que ni se imaginaba que existían pero que se erguían hermosas, frondosos árboles frutales llenos de manzanas, naranjas, mangos, que se instalaban en la tierra con arrogancia. Cascadas de agua que invitaban a una nueva vida. Martin Elías, estaba pasmado, sentía que su cuerpo poseía una energía nueva, había mucho olor a mar, a agua fresca, hacía unos instantes deseaba morir y ahora, extrañamente, se sentía atraído por esta nueva vida. Estaba animado, su corazón, se ensanchaba de una alegría desconocida para él, ese era su nuevo destino y tenía que enfrentarlo, ahora, todo lo invitaba a la vida. Sin embargo, el tiempo seguía suspendido. Pero ahí estaba él, enfrentándose a un nuevo mundo, a un nuevo comienzo.

Miraba el horizonte, era todo tan bello que se quedaba extasiado, Un sol brillante y mucha vegetación de un verde intenso, el agua se veía de un azul turquesa, tan cristalina que provocaba zambullirse en ella, árboles altos y frondosos rodeaban el lugar, un ambiente cálido con un cielo despejado, que dejaba ver algunas nubes blancas, Martín, estaba abismado ante tal espectáculo, era una escena que lo turbaba, en ese paisaje que se erguía ante sus ojos al fondo se veía la vaca, lo miraba fijamente, era evidente que en su mirada se podía ver más allá, esa vaca era su legado y con ella debía iniciar este nuevo comienzo. Él era el único habitante de esa tierra y él debía comenzar de nuevo.

Caminó hacia la vaca, la miró fijamente y vio que sus ojos tenían un brillo excepcional, una mirada dulce que reflejaba nobleza, apenas ella lo vio se le recostó en su piel, su pelo brillaba, resplandecía, era blanca con unas pintas color ocre dorado, era como si ambos compartieran la alegría de este encuentro, finalmente no estaban solos, nunca había visto una vaca tan bella, por eso la llamó: Anabella, la acariciaba con suavidad demostrándole

todo su afecto. A partir de ese momento tenía que velar por ella, pues era todo lo que tenía en el mundo.

Martín Elías, fijo su mirada en el horizonte, observó a lo lejos, un lugar lleno de pinos altos y verdes, parecía un pequeño bosque, también se divisaba una choza, decidió caminar hacia allá llevándose consigo la vaca, el creía que en poco tiempo llegarían, pues el sitio se veía cerca, pero, por más que caminaba, sentía que el lugar se apartaba más de él. El sol quemaba y sabía que tenía que refugiarse como fuera, pensó que era un espejismo, que la choza que divisaba era solo producto de su imaginación. Estaba cansado, por más que caminaba no llegaba, el sudor le corría por su cara, sentía sed y hambre. Anabella dobló sus patas por que el cansancio y la sed ya no la dejaban seguir, Martín Elías, creyó que la perdía, que Anabella se moría, sintió mucha tristeza, pues ella, era lo único que tenía, por eso, cerró sus ojos y miró al cielo implorando una ayuda divina, definitivamente, ya todo era en vano, se apoderó de él, la desesperanza, el desaliento, creía que iba a desfallecer. Cansado, fatigado, volvió a mirar al horizonte y a solo unos pasos de distancia se erguía la choza, como un castillo imponente ante sus ojos, tomó a Anabella y la arrastró como pudo hasta allí, abrió la puerta y vio que dentro de esta choza había algunos víveres, lo básico para sobrevivir y en la parte de atrás una pequeñita huerta con algunas semillas de hortalizas y frutas, un espacio para él, no lo podía creer sintió una extraña conexión con ese ámbito natural que tenía ante sus ojos. también había una deliciosa cama donde descansar, limpia y reluciente, unas vasijas de barro y un pequeñito establo para tener el mayor tesoro que albergaba en ese momento: su vaca Anabella.

Entró, tomó un poco de agua en su vasija de barro y le dio de beber a su vaca, la cual se fue recuperando poco a poco, le organizó el pequeño establo, comió un poco de frutos secos y se acostó, necesitaba recuperar fuerzas y aclarar sus ideas, al fin y al cabo, mañana sería otro día.

Esa noche tuvo un sueño y oyó una voz que le decía:

–– Volverán las personas a poblar la tierra para comenzar un nuevo ciclo y de ti, dependerá que así sea. Eres el único sobreviviente de este nuevo mundo, y, en tus manos está, que esto ocurra, tienes poderes que tienes que aprender a usar y poco a poco la vida te va ir mostrando cómo. Amaneció, hacía un día hermoso, corrió a su pequeño establo y allí estaba Anabella, la ordeño y tomó leche con calostro recién hecha, la degustaba como el manjar más delicioso que nunca antes hubiera probado. Fue a su huerta y comenzó a trabajar la tierra, ese era el principio, miró el horizonte porque sabía que a  partir de allí, comenzaba una nueva historia. No existía el pasado, solo debía enfrentar el presente tal como se le presentaba y comenzar a labrar un futuro. Él, era el único habitante de esa tierra sin nombre y debía prepararse para esculpirlo, para tallarlo, para ser el protagonista de una nueva era.

Su tarea ahora era comenzar de nuevo en un mundo sin memoria, sin tiempo.

 

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