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Hay quienes creen que el realismo mágico es solo un estilo literario, una corriente marcada por mariposas amarillas, levitaciones y fantasmas que se sientan a la mesa. Pero para mí, el realismo mágico no es un género: es una forma de mirar la vida.

Es vivir con los ojos abiertos a lo invisible. Es entender que la realidad no está hecha solo de lo tangible, sino también de lo simbólico, lo emocional y lo inexplicable. Es saber que el alma de alguien puede quedarse en una casa vacía, que un recuerdo puede pesar más que un cuerpo, y que a veces el corazón late más fuerte al oír una canción o evocar un sentimiento..

El realismo mágico está en lo cotidiano si lo miramos con otros ojos. En la lluvia que cae justo cuando uno lo necesita, en el olor de una comida que despierta los sentidos, en la mirada de un animal que parece comprenderlo todo. Está en los silencios que gritan, en las coincidencias imposibles, en las intuiciones que salvan.

En mi escritura, el realismo mágico no es una decisión técnica. Es mi forma natural de entender el mundo. Yo crecí creyendo que los sueños traen mensajes, que las mujeres sabias se comunican con las plantas, y que el amor puede mover objetos, cambiar destinos, sanar dolores y transformar el mundo. No lo cuestiono. Lo escribo.

Cuando miro la vida con esa lente, todo tiene sentido. Y es desde ahí donde nace mi estilo literario: muy cercano al idealismo mágico, a esa belleza que se esconde en los detalles y que florece en medio de lo invisible.

Mi tono es poético, íntimo y reflexivo. Me gusta utilizar el lenguaje para conmover. Para acariciar el alma del lector. Creo firmemente que la magia de cada historia debe estar al servicio de las emociones, que lo extraordinario solo tiene valor cuando toca loas fibras de lo humano.

Quiero que mis historias no solo motiven la mente, sino que inspiren al corazón. Que despierten ternura, asombro, nostalgia. Que dejen una huella suave, como la brisa que nadie ve, pero todos sienten.. El dolor se vuelve más llevadero si se le encuentra poesía. La alegría se expande cuando se nombra con metáforas. Y lo sagrado se manifiesta, a veces, en una luciérnaga que aparece justo cuando oscurece.

El realismo mágico no necesita ser comprendido. Solo necesita ser sentido. Como la nostalgia, como el amor, como ese momento en que, sin razón aparente, sentimos que alguien que ya partió nos está mirando desde algún lugar.

Y aunque mi mirada nace del realismo mágico, mi estilo se ha acercado profundamente al idealismo mágico, ese que Ángela Becerra ha hecho suyo con tanta belleza. Mientras el realismo mágico de Gabriel García Márquez convive con lo insólito desde la cotidianidad, a menudo para denunciar y reflexionar sobre las realidades de América Latina, el idealismo mágico sublima lo real desde el amor, el arte y la sensibilidad del alma.

Allí donde Gabo deja levitar a Remedios la Bella sin explicaciones, Angela Becerra hace que un aroma despierte un amor dormido por décadas. En uno hay ironía y crítica, en otro hay lirismo y esperanza. Ambos me han influido, pero es en el idealismo mágico donde encuentro mi casa y mi refugio: donde lo poético es forma de verdad, y lo mágico, una expresión del corazón humano.

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