La escena más compleja que he escrito: La criogenización de Alicia en mi libro Vivir eternamente
Escribir el instante en que Alicia fue criogenizada ha sido la escena más compleja que he escrito y, como iba a despertarla, me costó noches de insomnio. Imaginé su cuerpo entregado al silencio, suspendido entre la vida y el futuro. Una muerte sin muerte. Un adiós sin retorno seguro. Un sueño sin promesa de despertar.
La cápsula
Alicia yacía dentro de una cápsula translúcida. No había cables que dolieran, ni agujas que agredieran. Todo era frío, preciso, estéticamente minimalista. Pero cada detalle —el leve vapor de nitrógeno líquido que ascendía, el monitor sin pulso, la quietud impecable de su rostro— me recordaba que estaba escribiendo sobre la ausencia más radical: el adormecimiento del alma. Adicionalmente, el temor que siempre le he tenido a la muerte me limitaba aún más para desarrollar la escena. A veces sentía como si también me estuviera congelando con ella.
Richard
Richard, el hombre que lo había planeado todo, estaba de pie, rígido como una escultura con su culpa a flor de piel. Su ciencia era su fe, pero ese día fue su castigo. No sabía si la estaba salvando o si la estaba matando. Cuando escribí su gesto de despedida, su mano temblorosa sobre el cristal helado, sentí que estaba enterrando a alguien en vida.
Llegué a pensar que lo mejor era que él se lanzara sobre la cápsula, que rompiera las reglas de su laboratorio y le gritara su amor. Pero no. Me contuve. Lo obligué a mirar en silencio. Porque a veces el dolor más profundo no se dice, se siente y se padece.
El instante del cierre
La cápsula se selló con un sonido sutil, un «clic». Y en ese instante, mientras escribía la última línea de esa escena, comprendí que Alicia no solo iba a dormir por treinta años. En cierto modo, estaba muriendo. Y Richard moría con ella. Y yo también.
La miré entrar en esa cápsula una y otra vez. Cerré los ojos. Volví a abrirlos. Quise escribir que algo fallaba, que se cancelaba el experimento, que el amor la salvaba a último minuto. Pero no. El “clic” sonó. Definitivo.
Indolente. Inevitable. Hay veces que, aunque queramos cambiar la historia, no podemos hacerlo porque esta misma nos obliga a seguir el camino que está marcado. Y eso es lo lindo de la escritura.
No hay muchas escenas que te desgarren mientras las escribes. Esta lo hizo. Porque, a pesar de que era ficción, uno como autor se adentra tanto en la historia que se te mete por las venas y llega a ser parte de ti. En ese momento para Alicia, fue la renuncia a todo lo que ella conocía y también a todo lo que yo, como autora, habría querido evitar.
Y fue entonces cuando entendí algo que ninguna teoría literaria enseña:
—Hay escenas que nos marcan.
—Que duelen al escribirlas.
—Que nos obligan a dudar si eso que sale del alma… es realmente lo que queremos contar.
Pero escribir es eso: entregar el alma con cada palabra, incluso si duele, incluso si te quiebra. Porque lo que sí está claro es que, si a ti te atraviesas, es porque al lector lo transformará.
¿Por qué fue tan complejo?
Porque no se trataba de ciencia ficción, se trataba de amor. Porque no se trataba del futuro, sino del abismo del presente. Porque congelar a un personaje no es solo suspender su cuerpo, es congelar su alma, sus recuerdos, su humanidad, su voz. Y yo debía ser la última en oírla antes de silenciarla.